Mi primer libro “Poemario Mil vidas vividas” con flemingED! Editorial

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Enhorabuena, mi primer libro ya está a la venta, no puedo sentirme más feliz en estos momentos. Ser un autor publicado es el sueño de muchos, y a dios gracias que hoy en día hay muchos medios para hacerlo, Yo espero muchas personas llegue a leerlo y les llegue al corazón. Mi libro contiene muchísimas palabras salidas del alma, aunque no voy a extenderme en algo que ya explico suficientemente bien en el propio libro. Debo agradecer enormemente a mi gran amiga Mel Gómez por su maravillosa ayuda en todo, en corregirme y arreglar todo el contenido del borrador final. Un gran agradecimiento al amigo Juan Re Crivello de flemingED! Editorial por su guía, trabajo y amistad. Un abrazo a todos y mil gracias a quienes lleguen a comprarlo y apreciarlo.

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Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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Wendigo by Miguel Ángel Carrera

1525871546385531—No tengo nadie más a quien contarle esto, solo a usted, lo he meditado mucho durante días, y lo mejor será a usted que es el encargado de la investigación. Lo que quiero explicarle señor Hernández es la forma en cómo murió mi esposa, como yo fui indirectamente el culpable. Yo le Empuje hacia la muerte— dijo el hombre terriblemente apesadumbrado. Tirado sobre un viejo y desgastado sofá de desagradable color marrón oscuro, —agregando: Y si recurro a usted, es para tratar de expiar la culpa que me quema por dentro.

El hombre era Antonio Echeverri, un obrero de la construcción en la gran ciudad. Corpulento, pálido, de unos 1,95 metros de altura. Había llamado al inspector Hernández para hablar con él, seriamente. Este había acudido a su casa, al día siguiente sin pensarlo. Se sentaron en la sala de su casa. Sucia y descuidada, con pocos muebles, periódicos y revistas apilados en un rincón, cerca de una lámpara sobre una pequeña mesa. No había retratos en las paredes verde pastel, manchadas de humedad, no había adornos, no había nada más en aquel lóbrego sitio.

—No tengo nadie más a quien contarle todo esto, mis amigos jamás me creerían, menos un cura, y es muy probable que usted tampoco. Después de todo, usted puede hacer lo que quiera o lo que sea necesario, no me interesa defenderme, solo desahogarme.

Hernández sentado frente a él, saco una pequeña libreta, un lapicero y se dispuso a escucharlo.

Echeverri estaba tirado sobre el sofá con la mirada algo perdida, se le veía muy apesadumbrado, derrotado. Un hombre listo para tirarse al foso de los leones, luego de haber sido sentenciado.

—Bien, comencemos, me decía ¿Entonces, usted asesino a su esposa señor Echeverri?— Pregunto Hernández mirándolo fijamente con aire tranquilo.

El hombre se revolvió nerviosamente en el sofá, mirando por unos segundos hacia la cocina, Hernández lo observo con detenimiento sin pronunciar palabra.

—Indirectamente, si, comenzare desde el principio y podrá entenderme mejor —se rasco la calva impaciente —Me case con Ángela en el 81, ella tenía 24 años y yo 30. Al igual que yo, había estado casado anteriormente, mi primer matrimonio fracaso por la monotonía y mi terrible situación económica. El de ella fracaso porque no podía tener hijos, creo yo, siempre me conto otra cosa, pero nunca le creí. A mí eso poco me importo, yo tenía dos hijos de mi primer matrimonio, así que eso fue un alivio en realidad. ¡Que carajos!, la quería en verdad, era alegre y muy hacendosa

. Al tener 3 años de casados nos mudamos a este suburbio fuera de la ciudad, buscábamos una vida más tranquila, menos agitada.

Hernández sintió una ligera pero desagradable fetidez, como a madera podrida y musgo pantanoso. Frunció el ceño y miro a su alrededor. El hombre miro a Hernández, y luego miro nuevamente hacia la cocina, nervioso.

— ¿Siente eso amigo?— dijo Echeverri arrugando la nariz en una expresión de oler.

— ¿El mal olor dice? Pues sí, ¿Qué es?

—Pronto lo sabrá, y entenderá de que hablo.

Hernández volvió a mirar a su alrededor extrañado, sintiendo esa fetidez

—Entonces me decía que se caso con ella en el 81— dijo revolviéndose en el mullido y horrible mueble.

—Así es, como ya le conté, luego de unos años, nos mudamos acá, fuera de la ciudad, buscando un lugar tranquilo. Yo conseguía trabajo a destajo en construcciones locales y ella trabajaba en casas de familia— agrego —Fue alrededor de llevar 5 o 6 meses en esta casa, que todo lo extraño comenzó, aquel hedor, muy a pesar de que mi Ángela era muy dedicada a la limpieza en todo. Era extraño a vec…

El hombre se interrumpió y miro nervioso hacia la cocina, frotándose las manos, revolviéndose nuevamente en el mueble.

— ¿Le pasa algo señor Echeverri?— le pregunto Hernández curioso.

El hombre absorto por unos segundos, mirando la puerta de la cocina, volteo a mirarlo rápidamente — ¿Qué? No, no pasa nada— agrego huyendo la mirada de Hernández —Es solo que a veces olvido algunas cosas.

—Entiendo, entonces me decía que…

—Sí, sí, exacto, le decía que todo comenzó con el hedor. Yo solía ir en las madrugadas al baño a orinar, y luego a la cocina a tomar un vaso de agua. Muchas veces mientras orinaba sentía el hedor, fétido, mohoso, a veces muy fuerte. El día que todo se puso mal, fue esa lluviosa madrugada de mayo. Me levante como siempre para orinar y luego con la garganta seca, ir por un vaso de agua. Baje pesadamente las escaleras y cuando iba a entrar en la cocina, observe machas y un bulto en la oscuridad, y al encender la luz, contemple aquello horrorizado— el hombre hizo una pausa y se quedo pensativo por unos segundos.

— ¿Qué? ¿Qué vio señor Echeverri?

—Nuestro gato Tuerto señor Hernández, así se llamaba, porque le faltaba un ojo al pobre. Estaba en medio de esta sala, destrozado, mi somnolencia desapareció como por arte de magia, al ver aquel espectáculo dantesco. Estaba cortado a la mitad, pero la mitad del lado de la cabeza no estaba, solo había mucha sangre y parte del torso trasero. Tuve que llevarme la mano a la boca para no gritar, sentí mi piel erizarse y el hedor nauseabundo tan fuerte que me dieron ganas de vomitar.

— ¿Y qué hizo entonces?— Pregunto Hernández con estupor.

—Que otra cosa podía hacer, salí corriendo de ahí como pude, me había quedado paralizado, me costó hacer que mi cuerpo me obedeciera, pero pude hacerlo, corrí como alma que lleva el diablo escaleras arriba. Entre a mi cuarto, subí a mi cama casi sin respiración, sin saber qué hacer. Mi Ángela dormía, como yo, no sintió nada. Tuve que despertarla y contarle, primero, con cara de incredulidad, no me creía, preguntándome que había pasado en realidad. Luego lloro, casi grito, tuve que contenerla como pude. Quiso bajar pero no la deje, le dije que esperáramos a que amaneciera, luego yo bajaría, recogería en una bolsa lo que había quedado de Tuerto para enterrarlo en el patio, y luego ella podría bajar para que limpiáramos el desastre.

—Y así hicimos, acepto a regañadientes. Cuando el día aclaró, baje lentamente, asustado, asustado como nunca, busque una bolsa negra de basura y recogí lo poco que quedo del pobre Tuerto. Fue horrible, luego de ese acontecimiento, no pasó nada más por unas semanas. A mí me había extrañado que esa noche, nuestro perro no ladrara afuera en el patio trasero, el solía ladrarle hasta una mosca y esa noche, nada, esa noche callo, algo lo asusto, lo encontré escondido detrás de los trastes viejos que hay arrumados en nuestro patio. Pasamos varias noches en vela, porque no sabíamos que cosa o animal había sido capaz de semejante carnicería, y más dentro de la casa. Un exterminador vino y reviso todo pero no encontró nada.

Echeverri se interrumpió, se disculpo un momento, se levanto y camino lentamente hasta la puerta de la cocina con cierto sigilo. Miro unos segundos y volvió al viejo mueble.

— ¿Pasa algo señor Echeverri? Puede confiar en mí.

—No, le dije que no pasa nada, no se preocupe.

—Bien, le creo, prosiga, me decía que…

—Nuestro perro, si, pobre animal, era muy noble. Después de la noche que murió Tuerto, nada paso por unas semanas. Yo me levantaba ocasionalmente de madrugada a orinar, pero ya no bajaba a tomar agua, el miedo no me dejaba, algo me decía que si bajaba, moriría en algún momento. Jamás mis presentimientos fueron tan agudos como esos días. Una madrugada armándome de valor por el intenso hedor que subía hasta nuestra habitación, baje.

—La fetidez era insoportable, nauseabunda, como pude me asome a la cocina y ahí estaba esa cosa, horrenda, hedionda, negra.

— ¿Qué cosa señor Echeverri? No entiendo. ¿Qué era?

— ¡El Wendigo! Señor Hernández, lo que se había comido a nuestro gato, había regresado por mas, tenía hambre, ¿entiende?

— ¿Wendigo? Haber, déjeme ver si le entiendo señor Echeverri, ¿usted está queriendo decirme, que una criatura ficticia de cuentos, estuvo aquí y asesino a su gato?

— ¿Siente el hedor señor Hernández? ¿No lo siente?

Hernández lo miro extrañado y dijo —Si lo siento, y pienso que debería usted asear su casa de vez en cuando. Prosiga, veamos adonde llega con todo esto.

—Una madrugada escuche murmullos en nuestra sala, creo, no me atreví a bajar, estaba aterrorizado. Y lo comprendí, no se marcharía de nuevo hasta que comiera, debía hacer algo, o vendría por nosotros.

— ¿Y qué hizo entonces?

Aquel hombre, Antonio Echeverri, miro a Hernández con expresión de tristeza, para luego bajar la mirada.

— ¿Qué otra cosa podía hacer? La noche siguiente deje pasar a nuestro perro para que durmiera dentro de casa. Pobre animal. Entro por la cocina saltando de alegría. Quiero que entienda que era él o nosotros, no podía hacer nada mas, debía ganar tiempo, soy un pobre diablo, sin dinero, a donde podíamos ir.

Hernández lo miraba con condescendencia y el pobre hombre dejo ver sus dientes en una sonrisa desencajada, casi gritando.

— ¡Sé lo que está pensando polizonte! que soy otro loco mas, inventándose una historia fantástica para eludir la cárcel. Usted no sabe nada amigo, no sabe nada, me escucha.

—Cálmese señor Echeverri, yo no creo nada, no es mi trabajo, por ahora solo le escucho y tomo su declaración, Recuerde que fue usted quien me llamo, prosiga por favor, no se preocupe— le dijo Hernández con firmeza.

—Nuestro perro, se llamaba Sócrates, el maldito animal era inteligente y muy fiel, y vaya que lo amábamos, me dolió mucho aunque no lo crea. Esa noche le deje entrar, debía saber si era eso, calmar su hambre, y si no lo era, entonces debía hallar una mejor solución, sabe, mi pobre Ángela no sabía nada aun. Estaba viviendo mi infierno personal yo solo sin decirle palabra alguna, no quería preocuparla, al menos no hasta que fuera muy necesario. Deje al pobre can dentro y subí a acostarme. De madrugada mi vejiga me atormentó religiosamente con las ganas de ir a orinar, no fui al baño, el terror podía mas, prefería aguantármelas hasta el amanecer. Escuche entre sueños, algo arrastrarse, unos gruñidos y luego unos huesos quebrarse, desperté sobresaltado, y eso fue todo. Luego no pude dormir mas, ni siquiera me preocupe en que horas eran, solo me arrope y deje pasar la noche contemplando el techo— Echeverri hizo silencio por unos segundos mirando sus zapatos.

— ¿Y luego que paso?

—A la mañana siguiente hable con mi pobre Ángela y le pedí que no bajara hasta que yo le indicara, y ella acepto preocupada, sin saber lo que yo había hecho. Luego baje para comprobar aquello que tanto temí. Mi corazón, mi estomago, mis tripas, todo dio un salto, estremeciéndome. El pobre animal estaba destrozado, sin muchas de las partes de su pobre cuerpo, de nuevo me aterrorice y estuve allí petrificado por largo rato, llorando.

— ¿Por cuánto tiempo?

—Ni idea, solo sé que cuando pude moverme, subí lo más rápido que pude y me encerré en nuestra habitación a contarle todo a mi esposa, después de lograr calmarme un poco.

— ¿Y ella que le dijo?

—Fue terrible, lloro, me insulto, intento golpearme, tuve que abrazarla lo más fuerte que pude hasta que se calmara. Y luego cayó en el suelo llorando, preguntándome desesperada que estaba pasando. Fue entonces cuando decidí contarle todo lo que había sucedido las últimas semanas.

— ¿Y le creyó?

—Al principio no, pensó que quería justificar alguna clase de locura, incluso luego me tenía miedo, pero luego acepto que si era el Wendigo.

— ¿Cómo fue que su señora esposa, termino aceptando esta clase de teoría señor Echeverri?

—Luego que el pobre Sócrates murió devorado, pasaron unas semanas sin incidentes de ningún tipo. Cambie mis hábitos nocturnos, cenábamos temprano y nos encerrábamos en nuestra habitación hasta el otro día. A pesar de que fueron noches tranquilas, me costaba conciliar el sueño, no era fácil digerir todo aquello. Hasta que el hedor comenzaba de nuevo, primero de forma muy ligera, luego se iba intensificando, entonces yo sabía que significaba eso. Tenía hambre y venia para que le diera de comer. Y le recordaba a mi Ángela lo que eso significaba, ella misma escucho al Wendigo en la madrugada arrastrándose en nuestra sala, gruñendo, con su hedor a madera podrida y musgo de pantano. Por supuesto ninguno de nosotros se atrevió jamás siquiera a abrir la puerta.

— ¿Por qué este Wendigo, estaba aquí precisamente? ¿Porque los escogió a ustedes?— Pregunto Hernández expectante.

—Como carajo voy a saberlo— grito Echeverri, llevándose las manos a la cabeza —Esa cosa era inmensa, negra como si no tuviera alma, con garras como ramas secas, sin rostro, nauseabunda, gruñendo, dejando charcos de negra corrupción en cada paso. Sufrí mucho esos días pensando que hacer, vendría por mí, se que vendría por mí, ¿no entiende? Deje de ir a trabajar, pensé mil maneras de arreglar todo aquello hasta que lo entendí.

— ¿Qué entendió señor Echeverri?— Hernández se imaginaba ya la respuesta, y quizá era lo quería escuchar.

Echeverri le miro fijamente, sonriendo descaradamente mientras se rascaba lentamente el mentón.

— ¿Usted que cree señor Hernández? Lo veo en su cara, sabe cuál será mi repuesta, ¿Qué habría hecho usted para salvar su vida?

Hernández se sintió incomodo, sin saber porque, nervioso, agrego —No sé ninguna respuesta, dígamelo usted ¿Qué hizo para calmar al Wendigo esta vez?

—Mi pobre Ángela— dijo moviendo lentamente la cabeza hacia los lados con tono de lamento —Solo le pido a dios que no haya sufrido mucho.

— ¿Qué hizo usted señor Echeverri?— pregunto Hernández con la cara descompuesta.

—Esa noche le dije que fuera a la sala engañándola, a ella le aterrorizaba ir, pero yo la tranquilice diciéndole que hacía semanas no había habido incidentes.

— ¿Y cómo es que ella no escucho a la criatura arrastrase o gruñir en la madrugada?

—Lo planee, la dormía con somníferos, durante algunas noches y así pasaría la noche sin sentir al Wendigo. Esa noche ella acepto bajar a revisar todo como hacíamos a veces cuando todo era normal— Echeverri dejo escapar al fin unas lagrimas que recorrieron sus mejillas.

— ¿Y entonces que paso?

—Ella bajo, y yo cerré la puerta de la habitación con seguro. Luego, nada se escucho, solo un crujido de huesos. Llore, llore toda la madrugada y toda la mañana, me sentí como un asesino, un completo desgraciado. Pero había sobrevivido otra noche. Usted estuvo en la escena del crimen señor Hernández, vio lo que quedo de ella, así que no necesito contárselo. Como usted ya sabe, estoy libre bajo fianza, mientras hay investigaciones, y ya han pasado casi cuatro semanas desde el asesinato de mi pobre Ángela. Y…— Echeverri hizo una pausa mirándolo fijamente —Creo que ya se dio cuenta del hedor, y debe saber lo que eso significa, ¿verdad?

—Quizá lo sepa, si— Hernández se sintió mucho mas incomodo aun, le invadieron unas terribles ganas de salir de ahí lo más rápido posible, se levanto del mueble, seguido por Echeverri, diciéndole —Creo que eso es todo señor Echeverri, ya va a ser mediodía y debo ir a la oficina central, todo esto ha sido extraño, y me ha ayudado mucho a sacar conclusiones— Echeverri asintió en silencio.

Caminaron hasta la puerta y se despidieron con un apretón de manos, Hernández sintió un alivio tremendo al haber salido de esa desagradable casa, prometiéndose no volver a entrar ahí nunca más, ordenaría el arresto de Antonio Echeverri al llegar a la estación. Echeverri cerró la puerta tras de sí, era de día. Solo debía esperar la noche para encerrarse en su habitación y estaría a salvo cuando llegara el Wendigo. Camino por la sala, nervioso, y al llegar al umbral de la cocina, se petrifico, el hedor era insoportable, un gruñido invadió el lugar. Debía correr, salvar su vida, era de día, no entendía, pero ya no importaba, solo correr y no mirar atrás. Pensando que puerta era más cercana, la de la calle, o si debía subir las escaleras hasta su habitación. Si lograba sobrevivir esta vez, buscaría algún amigo, o algún borracho de esquina para dar de comer al Wendigo.

Miguel Angel Carrera Farias. Venezuela.
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Noche de Verano by Miguel Ángel Carrera

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Una agradable brisa de verano entro por la ventana moviendo suavemente su cortina color lila, acariciando sus mejillas, haciéndole cerrar los ojos, sumergiéndole en sus pensamientos más hermosos. Luego no tuvo conciencia, no supo que paso, estaba en sitio extraño en el que jamás había estado, pero que su intuición le decía, era muy familiar. Un desconocido estado de estupor placentero. Estaba sobre una loma de suave grama, en una noche colmada de estrellas, entre personas con candilejas blancas y azules, en picnics de medianoche. Sentada sobre un hermoso mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, sola, a lado una botella de vino tinto, dos copas boca abajo, sobre dos pañuelos blancos, como dispuestos para un segundo invitado, un cesto con pan de jengibre, y dios sabe que mas. Sonrió de alegría, las personas de las candilejas parecían alegres, como en una feria de fin de verano, vestidas de gala, trajes de corbata y sombreros, algunos de pie, algunos sentados sobre sus manteles de picnics. Después de un minuto contemplando aquel espectáculo, como salido de un cuadro de Van Gogh, se sirvió una copa de vino para relajarse. Se llevo la copa a los labios, sintiendo su tibio dulzor, mientras paseaba nuevamente la mirada alrededor. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, se miraron fijamente por unos incontables segundos, estuvo tentada a sonreír en medio de aquella mirada profunda, pero se contuvo, no quería parecer interesada. Entonces él sonrió, y ella volteo rápidamente la mirada para sonreír sin que él lo notara.

Luego volvió a mirar y vio momentáneamente para  saludar a alguien que pasaba cerca de él. Aprovecho entonces para detallar un poco todo, su traje de domingo, su sombrero de cinta roja, envuelto en lejanas luces blancas y azules, bajo una luna que flotaba como una blanca bambalina sobre ellos. No sabía de dónde venía, pero había música, no era escandalosa, era suave, estaba en el fondo, sonaba un sutil jazz de John Coltrane, un saxo que sigilaba entre las personas seduciéndolas, parecía venir de todos lados, incluso mágicamente del camino de luz dejado por la luna en el lago. La noche no podía ser más mágica, ni siquiera estando en el país de las maravillas. Esto era real, palpable, el olor de la grama, el dulzor del vino, la mirada penetrante de aquel hombre que la miraba con deseos de conocerla. Había ignorado esto por unos segundos hasta que miró rápidamente hacia donde él estaba. Su corazón dio un salto, estremeciéndose, él se había levantado y caminaba en dirección a ella sonriendo aun. Ella se lleno de nervios miro hacia los lados tratando torpemente de adoptar una postura correcta o desinteresada. Se sintió como una tonta, lo veía atractivo y eso le ponía nerviosa, ¿Qué diría? ¿Debería decirle que era un atrevimiento poco caballeroso el haberse atrevido a hablarle sin ser presentados antes? Tonterías, jamás le diría eso, le gustaba mucho, esa atracción fue como una centella cayendo violentamente sobre ella, sin avisar, conmocionándola enormemente. Así de inexplicables son a veces las emociones humanas, así de impredecibles y laberínticas, pensó— En segundos, él estaba de pie frente a ella, tendiéndole la mano para presentarse.

—Buenas noches señorita, disculpe mi atrevimiento, llevo rato observándole sola acá, mirando en varias direcciones, y me pregunte si usted esperaba a alguien o se sentía usted un poco indispuesta— Dijo él caballerosamente, con su interminable sonrisa, envuelto en una invisible aura de sedosa personalidad, algo que le resulto extrañamente narcótico. Esto la dejo pasmada, pensando en algo correcto para decir.

Aun sentada, sobre el mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, lo miro a los ojos fijamente esbozando una sonrisa —No, estoy aquí sola, disfrutando este ambiente, no es todos los días, sabe. No espero a nadie, vine sola a disfrutar la feria, la música y algo de vino.

— ¿Es una feria?— se pregunto Isabela mentalmente, frunciendo un poco el ceño.

—Entiendo, yo vine con unos amigos pero se dará cuenta que me dejaron solo, los muy traidores— dijo divertido. Y me pregunte si usted aceptaría mi compañía, podríamos conversar y no pasarla tan solitarios, hace una noche tan hermosa.

Agregando —Me presentare, mi nombre es Santi, vivo cerca del lago, y muy a pesar de la belleza de este sitio y mi cercanía, vengo muy poco acá.

—Pues debería venir más seguido, yo lo haría, con feria o sin feria, jamás había visto un cielo tan estrellado como este. Mi nombre es Isabela por cierto.

—Un gran placer señorita Isabela ¿Puedo sentarme junto a usted?— pregunto, tímidamente.

—Por Dios, suena mejor solo Isabela—dijo soltando una carcajada, poniéndose una mano en el pecho. Si, por supuesto, adelante.

De piernas cruzadas ambos se echaron hacia atrás levemente posándose sobre sus brazos estirados para poder mirar un poco hacia el cielo mientras conversaban.

—Sabe, usted me parece familiar— Dijo él tratando de improvisar.

— ¿Le parece? Yo jamás le había visto, pero al menos es agradable conocerle acá, en este momento del que no sé cómo empezó.

— ¿No lo sabe?

—No, ¿extraño verdad? Pero me siento bien, creo que no podría estar en un mejor lugar en este momento, siento incluso que ahorita no quiero estar en otro lugar que no sea este.

—No es extraño— replico él —Es como un deseo de carpe diem involuntario, sabes, el idilio suele asaltarnos en los lugares más insospechados, esto puedo que sea extraño para los tontos, pero no para nosotros, creo.

— ¿Tú crees? No es como si fuera una situación dimensional o de evasión hacia alguna utopía fantasiosa— dijo ella con picardía mirándolo de reojo.

— ¡Oh no!— soltó una carcajada — claro que no, yo diría más bien que podría ser una afortunada anomalía de la vida.

— ¿Anomalía?

—Sí, ya sabes, no es habitual que no sepas como llegaste aquí, como una anomalía en el espacio tiempo.

Ambos rieron con ganas unísonamente, hubo una conexión inmediata.Isabela pensó entonces en situaciones pasadas, había sido invitada a cenar anteriormente por personas por las que no sentía el menor interés, entonces sus conversaciones parecían harto aburridas, tanto que le hacían gritar mentalmente ¡debo escapar de aquí! Ahora era diferente, cuando alguien te gusta de verdad, te parece interesante la conversación,incluso si solo habla sandeces. La conversación se desarrollaba a veces sin mirarse, mirando al mismo tiempo las estrellas, pensando en sus anhelos, y cuando había una oración que los sacaba de su absorta contemplación, entonces volvían a la tierra para verse a la cara y lanzarse preguntas. Lo siguiente puso en tela de juicio su sensación de estar en una realidad de ensueño. Una parte de ese hermoso cielo nocturno se vio invadido por una lluvia de estrellas que brillaban entre blancos, amarillos, azules, turquesas y magentas. Pudo ver como entre luces de colores se desvanecían en el cielo, seguidas por decenas de otras.

— ¿Esto es real? Es extraño, jamás había visto una lluvia de estrellas, y esta es tan fuera de lo común, aunque no sé si sepa como luce una en realidad, tantos colores — dijoIsabela impresionada sin quitar la vista de aquella lluvia nocturna.

—La realidad no importa ahora— agrego él,mirándola —disfrutemos esto, un momento único dentro de tu anomalía— bromeo.

Fue entonces cuando se miraron fijamente, bajo esa lluvia de luces de colores, cuerpos quemándose al entrar a la atmosfera. Sintieron una brisa fría pasar entre ellos. Habían conversado mucho, sintiendo algunas veces desaparecer todo a su alrededor, experimentando una familiaridad singular, que les atraía olvidando todo lo demás. Por eso sin darse cuenta se vio junto a Santi paseando a orillas del lago, quizá para ver el hermoso efecto que hacia el reflejo de la lluvia de estrellas en el lago, quizá para apartarse de los demás y estar un poco más a solas. Deteniéndose apenas para responderse alguna pregunta necia entre bromas.Isabela sintiendo su cercanía se detuvo, mientras él se ponía frente a ella, quedando cara a cara. Era débil a la magia de aquel lugar, Los arboles danzando al ritmo de la brisa veraniega, ella sintiendo como se formaban huracanes y remolinos en su corazón, el saxo de Coltrane seduciéndolos, las candilejas blancas y azules deambulando por la loma y el lago, como estrellas bajadas de ese cielo nocturno, ellos en medio de la serranía, desafiando el equilibrio universal al conocerse, colisionando en un bing bang, creando un nuevo sol y un nuevo cuerpo celeste que rotaba alrededor de ella. Perfecto, si, era perfecto, luego le contaría a sus amigas y ellas reirían emocionadas por esta nueva conquista soñada, como niñas de secundaria.

Entonces Isabela tratando de dejar un poco de soñar, dijo —Un momento, aun no se mucho de ti, y me gustaría saber más, no sé si eres casado o soltero, ni a que te dedicas.

—La verdad soy soltero, estuve casado y no fue una buena experiencia, pero prefiero no hablar de eso, no estaría bien hablar mal de ella, es poco caballeroso.

—Cuéntame— le susurro Isabela con picardía —No hables mal de ella, solo cuéntame lo que paso.

—Si te cuento lo que paso no será nada bueno, echaría a perder la velada.

—Entiendo, bueno me contaras otro día, mejor que la noche se quede como va, hermosa. Yo creo vivir por aquí cerca, sabes, sé que es cerca, pero no recuerdo donde. Es raro pero creo que sí.

—No te preocupes, Ahora eso no importa, estamos aquí, es lo que importa, no creo que sea fortuito que nuestros mundos hayan chocado, ¿no crees? ¿Qué te parece si volvemos y tomamos algo de vino?

—Me parece perfecto— respondió Isabela sonriendo.

Al minuto, estaban de nuevo sentados sobre el mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, sirviéndose vino, chocando las copas, brindando con la mirada.

— ¿Te has enamorado perdidamente de alguien difícil?— pregunto ella sorpresivamente.

Entonces Santi rió con ganas —Me enamore de alguien difícil, si, pero no perdidamente. Creo que fue más un capricho de ella, con un obstinado empeño de complacer a mi madre de mi parte, esas son mi querida amiga, los ingredientes perfectos de una bomba de tiempo.

— ¡Guao! Vaya embrollo, no hubiera querido estar en medio de eso— agrego divertida.

—Bueno, ahora tú, ¿te has enamorado perdidamente de alguien difícil?

Isabela lo pensó unos segundos —Mmmm no, he tenido relaciones tontas, metidas de patas, etcétera, pero nada que sea digno de estar en mi pedestal de “perdidamente enamorada”creo que cuando eso pase, será mi primera vez.

— ¿Crees que esa primera vez llegue pronto?

—No lo creo, quiero creer que sí, pero es tonto fantasear, llegara cuando deba llegar.

—Me he sentido muy bien compartiendo contigo hoy, parece que lo inesperado y lo que no planeas casi siempre es maravilloso, ¿no crees?

—Espero que sí— respondió Isabela, haciendo una expresión de hastió, sonriendo luego —También me he sentido bien aquí contigo.

Hubo entonces silencio, mientras se miraban, Isabela se sentía emocionada, sentía la inminencia de algo hermoso. Sentados uno tan cerca del otro, solo podía propiciar una cosa, aquello que Isabela ya deseaba desde que estaban a orillas del lago. Unir sus labios a los de él y olvidarse del mundo. Veía la mirada intensa de Santi, vio sus labios moverse apenas unos milímetros hacia adelante invitándola a venir también, el momento justo, ambos se acercaron poco a poco. Hubo silencio, hubo oscuridad, solo ellos, como Isabela imaginaba, el mundo empezaba a desaparecer alrededor de ellos. Solo unos milímetros de vacio separaban sus labios de los de él. Entonces el suave jazz de Coltrane cambio, un espantoso ruido de aparato casero se apodero del lugar. Isabela miro hacia arriba y una luz incandescente rápidamente le envolvió, desapareciendo todo al instante, despertando en ese momento.

Al lado de su cama, su madre aspiraba el piso mientras le decía que era hora de levantarse, había mucho que hacer en casa y necesitaba su ayuda. El infernal ruido de la aspiradora le hizo arrugar la cara y ponerse la almohada sobre la cabeza, sacudiéndose con malcriadez. — ¡Dios!— Pensó, Fue lo mejor de mi vida y era un sueño, interrumpido por mi madre en el mejor momento de todos, que crueldad. Con razón esa lluvia de estrellas, ya decía yo que era demasiado hermoso para ser verdad. Bueno, aun queda gran parte del verano para poder ver si tengo la suerte de volver a soñar con Santi.

 

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

Acaso el Génesis…

Dievas

En el principio Dios creó el cielo y la tierra (Génesis 1:1) …

            Fueron siete días, pero los días de 24 horas no existían. No existía criatura alguna que midiera las horas y puede que Dios no se tomara la molestia de medirlas, puede que esos siete días fueron 7 billones de años, puede que más. Especulemos, porque si las escrituras especulan, no creo yo que el especular sea algo que se pueda monopolizar, luego les contaré cuando era yo un profesional de la especulación. Por ahora disertemos sobre ciertas hipótesis, así que quizás en esos tiempos de ausencias humanas, no había horas, días o años, quizás el tiempo no importaba y lo que importa es que ahora somos parte de todo esto (era el plan), lo demás son pendejadas. Quizás Él toco el agua y con movimiento concéntrico sembró una semilla, una célula que tuvo el permiso divino de reproducir sus núcleos y su bioelectricidad, ¿cómo paras un tren de semejante fuerza? Puede que esas células también tuvieron la libertad de hacer lo que les viniera en gana como el hombre. Si había mucho por hacer pues que se hiciera por sí solo, así puso la vida y esta fue abriéndose camino por sí sola, un campo sembrando en un guijarro flotando en el espacio, no sabemos cuál fue el orden, si la luz o los planetas. ¿Importa acaso?

¿Acaso debería haber creado la gravedad luego de haber creado la tierra? Si no, no tendría sentido. Las escrituras suelen ser infantiles y se saltan las leyes naturales. Puede que sea más fácil, necesitar por ejemplo que el gran padre del absoluto tome un día de descanso. No creemos que poseyera músculos que se cansaran o nervios que se inflamaran, y considerase recostarse en una nube para aliviar sus cayos producto del trabajo, sintiendo luego un ególatra placer, como el arquitecto que diseña una gran ciudad. No creemos que se regodeara en su inmensidad, ni en su ira. De ser perfecto, para qué agregarle estos imperfectos artilugios del hombre, así como pensar que en tiempos de la nada había días, horas o años, lo dicho, pendejadas. El abracadabra textual surtió efecto y luego se armó todo esto. Somos muy pequeños aun para comprender estos amores de caos ordenados, pero ya llegara el día, no hay apuros, no creo además que la génesis comience con la luz y la tierra. Creo que la génesis empezó en el sin comienzo de Dios padre antes de que flotara por ahí como las escrituras dicen (una sábana blanca ondeando en la oscuridad, zigzagueando) meditando durante esos mentados eones que pasaron, no había tiempo y el tiempo no es relevante. Así que siete días es divagar y la divagación se viste de especulación como ya se sabe.

¿Acaso el génesis es más a imagen y semejanza del hombre que de Dios? Todo esto lo suponemos, como lo suponen las santas escrituras, que creemos santas porque puede que alguien pensara que así las tomarían más en serio o en cuenta, no creyendo que sean un engaño, porque el hombre tiene lo necesario cuando de regodearse de sus logros se trata, sino más bien pretendiendo que esto estimule a la contemplación, liberando las necesidades espirituales humanas, aunque sea mucho pedir. A ver si luego los inquisidores no nos ven como el leproso del pueblo, exasperándose, auto complacido, sumergido en sus métodos medievales condescendientes, en hoscos lechos de frío concreto, asegurando fervientemente que durante esa creación que se especula fue parecido a un abracadabra, hubo días y Dios necesito un descanso al séptimo.

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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De calaveras y represalias

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En todo lo que se refiera al arte, lo que más me crispa, es mi total ausencia de creatividad, y para un amante del arte, portar dicha desgracia es una terrible desdicha, mi arte se resume a garabatos fortuitos y siempre que suelo garabatear, por ejemplo, en la última página de alguna libreta, algo que merezca un poco de microscópica admiración de mi parte, termino dibujando calaveras. Como verán tengo un ego enano y puedo enorgullecerme a veces de mis propias facultades, siendo yo un mal dibujante, no soy un admirador de la muerte, aunque tenga una evidente inherencia a la vida, si no por mi obstinado acto reflejo de dibujar aquello que mejor me sale, siempre me han gustado. En el pasado me decían poseo una mente sombría, por tener siempre esta extraña inclinación de convertir una página en blanco en una necrópolis, pero jamás me han importado las opiniones fuera de todo racionamiento. Una calavera tiene muchos atributos y muchas formas artísticas, que no se diga más, al bosquejar una, suelo disfrutar el romanticismo que evoca según mi punto de vista, imagina si le agregara rayos amarillos en medio, o rosas y espinas alrededor. Puede que suene genérico, pero vaya que puede gozar de una genialidad peculiar, no hay fin para esto, de innumerables alegorías y argumentos, el gozo secreto es reconfortante, mi mano se mueve sola y el desenlace de mis garabatos siempre es el mismo, profundamente abisal, profundamente craneal.

Reparando en ello, hace poco recordé las veces que traté de garabatear iconos gestuales, que siempre quedan muy bien en grafito, en como al final terminaban por sacar sus huesos fuera, viéndome presa de estas osamentas persistentes. Mi mano da buenas formas y esto me gusta, porque puedes agregar sombras y dejar luces, así como dar profundidades. Es como dictar una clase de morfología en la que el espécimen muta de la forma en que te plazca, aunque sean solo sus huesos, así que por alguna razón ignorada estos iconos gestuales nunca fueron tal, solo fueron osamentas, calaveras para ser más exactos. Diseccionaba cabezas a los que les llovía grafito, era natural que tomara yo esos derroteros necrófilos cuando de arte casual se tratara, me guiaba quizá una extraña de ley de gravedad, como esa otra norma personal que dicta, que si vas a crear tonterías, mejor que sea algo deleitable para ti mismo, puede que ello tradujera muchas cosas, una necesidad de catarsis, o algo más que la muerte, porque la verdad no veía muerte en todo aquello, acaso simbología, no me pregunten cual, si la hubo de todas formas me era irrelevante. A veces de improviso he sido sorprendido en medio de mis casuales garabateos y he sido acusado de sufrir una patología indefinible, aunque creo yo ser una persona normal, prefiero distanciarme de las normalidades, por ser estas, terriblemente aburridas y de aburrimientos siempre tengo demasiado. Por eso entre muchas verdades está la de que esas cosas pequeñas y tontas que nuestra psiquis suele expresar de una u otra forma, son en sí minúsculas partes de una vasta constelación que nos habita, cosas buenas y cosas malas, y no es que piense yo que garabatear calaveras sea malo, ver maldad o alguna clase de patología en algunos garabatos, en lo personal me sonaría a extremismo innecesario, tanto como tomar revancha por ello.

Miguel Angel Carrera Farias. Venezuela.
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La Gran Danta by Miguel Angel Carrera

Masticadores de Letras

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La primera vez que Antonio vio al señor del Amazonas a orillas del gran Orinoco quedoaterrado. El sabía de este, de boca de sus padres y abuelos, pero jamás pensó verle y mucho menos de día. El señor del Amazonas era una enorme danta gris que, según sus abuelos, fungía de protector de las inmensas selvas de este continente. La gente antigua era más propensa a creer este tipo de leyendas folclóricas, las nuevas generaciones poco les importaba estas cosas. Esa primera vez Antoniomachete en ristre estaba a orillas del rio esperando a su tío para poder pasar el rio en canoa. El Orinoco estaba revuelto, era época de invierno, y sus aguas turbulentas llenas de pirañas y caimanes tenían ese aspecto amarillo ocre que tanto odiaba, parecían más aguas residuales, o al menos no era el color que un glorioso rio gigante de Latinoamérica debería tener. Era la época…

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Desdémona Desciende by Miguel Ángel Carrera

Masticadores de Letras

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—No entiendo cómo puedes estar tranquila, después de todo lo ocurrido     —Dijo Hernández visiblemente irritado, su áspera cara y su nariz gruesa, brillaban por el sudor a la luz de la lámpara aérea, en el centro de la habitación.

— ¡Habla de una maldita vez!— vocifero impaciente, mirándola con desdén, dando un fuerte golpe a la vieja y rallada mesa de metal, sonando aquel golpe como un trueno dentro de una caja.

Esposada a la silla con los brazos cruzados en su espalda, aquella mujer se mantuvo cabizbaja, contemplando la mesa con la mirada perdida y cara inexpresiva, sin inmutarse ante las preguntas de Hernández. De tez pálida, perturbadora belleza y cabellera de apariencia grasosa, despedía un olor desagradable, como si tuviese unas cuantas semanas sin tomar una ducha, llevando al menos casi tres horas en un fuerte interrogatorio sin pronunciar palabra alguna.

Desdémona era la única palabra que había…

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Comunismos…

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Hablemos de comunismos, pero no con aversión como suelen hacerlo esos pretendidos defensores del consumo, tampoco con frenesí radical como esos comunistas, que proclaman herejía en cada compra compulsiva o en cada obrero despedido, porque ambos exigen al militante un atrevido culto a sus edictos, ¿qué podemos de decir que vaya más allá de las ideologías pasajeras? .Está el hombre y su vecino de al lado, que saluda cada día, intentando vivir de la forma en que lo han hecho sus ascendentes, (imaginémoslo así). Hablémoslo de forma sencilla y sin tanto tecnicismo, para disfrutarlo más, Hace poco por ejemplo, supe de la conciencia de clase, una famosa teoría Marxista con la que se pretendía dar una bofetada al hombre común para que despertara, (y vaya que despertó), aunque no creemos que de la forma que hubiera deseado Marx, este pensaba que el obrero debía ser consciente de su condición alegando antagonismos, porque más allá de la elocuencia del filósofo testarudo, están los deseos del obrero, si, resulta que a veces, algunos individuos golpeados llamados proletarios (vaya usted a saber para que los innecesarios epítetos indicativos), odian a su empleador, no sabemos porque, pero nunca falta un instigador, y decimos algunos porque otros  andan más pendientes de los recibos que de la militancia, sabemos que cuando el espíritu es instigado a veces se logran alborotar las nueces. Es así como logran emprender la batalla, la protesta, preñada de inconformidades, y algarabías panfletadas, de ahí al odio hay un paso no más, quizás por eso se trasnochan las revoluciones ¿Por qué? Quien sabe, el hombre es fácil de enfadar, después de todo, los inconformes deambulan por toda las ciudades y las fábricas, si usted viera, están repletas de ellos.

Ya quisiera ser yo un entendido del dogma comunista, así podría divertirme soltándole contradicciones a los laicos del Marxismo, al mismo tiempo podría entender como siendo yo un obrero, decoroso miembro de mi clase, evitaría convertirme en un “burgués” (terrible personaje según el Marx) cuando logre con gran esfuerzo encumbrar mi propia empresa, me convertiría en un patrón entregado a la intemperancia y los sistemas numerales a los ojos de los comunistas, lograría entender como mi propia ideología terminaría por jalarme hacia las cutres cuchitriles de mi insatisfacción, para mantener mi digna clase obrera. Porque pienso que si debo evitar convertirme en aquello que Marx rechaza, entonces mejor quedarme donde estoy, divago quizás, como ya dije no soy un experto y probablemente meta la pata en todo esto, por eso mi mente se niega a usar esa brújula tan desgastada, legada por Lenin y Marx, eso me hace sentirme tan apachurrado como un tomate, no quiero andar en boca de los capitalistas defensores del consumo, hablarían mal de mí, me acusarían de militante de doctrinas caducas o de indeseable saboteador de los medios de producción, pero si frecuento a los capitalistas, entonces andaría en boca de los comunistas, me acusarían de ser un esclavo del mercado y el sistema numeral, un voluntarioso prisionero de la burguesía, a cuanta confusión te empujan los credos de la voluntariosa lucha social.

No creo yo que alguien haya influenciado mi juicio, alienándome con una gran disertación sobre derechos obreros, patrones crueles e injusticias salariales, tampoco recuerdo que alguien me haya dormido con una charla sobre la importancia de la producción en masa, las altas ganancias y el consumo necesario, pues he sabido de personas que terminan con las camisas rotas, porque ambos desafueros le halaron y le halan llevándole al desconcierto, también supe que esa camisa era muy necesaria para uniformar y mover los medios de producción, porque así se lleva comida a la mesa y así lo exige el capital. Suelo pensar callado en medio de un buen almuerzo, lo superfluo de los obstinados de este terco enlace, yo no puedo profesar dogmas irrompibles, prefiero profesar la armoniosa libertad de las palabras, sin encasillarme en un activismo determinado, disculpen mi incomoda franqueza, que no haya hablado con elocuencia sobre conceptos de libros y autores, no sé qué pensar de uno u otro, estos necios no han sabido ver lo indispensable en la universalidad del equilibrio, prefiero estar libre de esos conflictos, así voy más tranquilo por las calles, no creyendo que el amor de hermanos sea sectorizable, que sea saludable parcelar al hombre, tampoco que las militancias deban cogernos prisioneros y si me preguntan, esa cacareada conciencia de clases me suena más a guerras que a conciencias, podríamos llamarle conciencia del resentimiento.

 

 MIguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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Del Rencor a la Sabiduría

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La forma de ver las cosas por el ojo humano es muy variada cuando de experiencias se trata, no es fácil lidiar con todo esto, por lo general culpamos a Dios por las miserias del mundo cuando hemos sido nosotros mismos quienes lo hemos llenado de iniquidad y odio, no es mentira, basta mirar las noticias en la tele un rato para ver un poco como esta todo. La característica negativa más común y notoria en el ser humano probablemente sea el rencor, ese óbice negro que se ancla ahí en nuestro espíritu como una anemona ponzoñosa negándose a soltarnos, deshacerse de ese veneno resulta para muchos algo titánico de lograr la mayoría de las veces por negarse a abrir su corazón, no es nada fácil limpiar el corazón de la mugre al que solemos exponerlo casi a diario usando como excusa la misma razón de que el mundo es así.

¿Alguna vez han escuchado en una conversación cotidiana con alguna amistad, como esta sufrió un percance amoroso o amistoso y le fue sumamente mal?  De seguro que sí, nos pasa a todos, nadie se salva de eso, quizás ¿un amig@ cuya pareja le hizo una mala jugada, o un amigo quien lo traiciono estafándolo o pagándole con una mala moneda el que le brindara su amistad sincera y desinteresada?, son clásicos, jamás faltara alguien de tus amistades o familiares que sufran eso y quieran contarte. La cuestión es que al final siempre se sueltan la frase que más suelo escuchar, “Por eso uno se vuelve un desgraciado con los demás, de ahora en adelante seré malo y desgraciado con la gente” o “con los hombres hay que ser unos perros, no creeré más en ellos” o viceversa ya sea si es hombre o mujer, también está el “Mi amigo me traiciono, fui bueno con él, lo ayude y al final me dio una puñalada por la espalda”, es típico, lo he escuchado muchísimas veces, siempre que escucho esto me hace pensar.

Hace poco conversando con una amiga me contaba exactamente lo mismo, muy enamorada de su novio, sobre como era feliz viviendo su amor idílico ideal y como todo iba de maravilla hasta que lo descubrió engañándola, lógicamente todas estas situaciones son sumamente dolorosas, nadie quiere ser traicionado o engañado o cortado, pero mucho más mala fue la afirmación final, decidida y aparentemente tajante que tomo diciendo “No volveré a creer en los hombres, no seré más la dulce estúpida, de ahora en adelante seré una Coño d$%”&]! con los hombres”, por supuesto era algo que indudablemente me esperaba así que decidí por primera vez opinar sobre tal caso y hablar con ella explicándole mi punto de vista, entonces le dije: “¿En serio? Entonces no has entendido nada, no has aprendido nada, tantas lágrimas, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta lucha para nada, simplemente sufriste por nada, perdiste el tiempo” lógicamente ella me pregunto algo sorprendida por qué, y le explique: “La providencia ha puesto esta tremenda experiencia de vida delante de ti, en la que sufriste y lloraste para que sacaras provecho de ella, los problemas no importa de qué índole están dirigidas a hacernos cada día más sabios, por eso le dicen experiencia, son enseñanzas de vida, están para que las aceptemos con verdadera humildad, con amor, para que aprendamos de ella y cada día ser mejores personas, escúchame bien, mejores personas, no peores.

En cambio tú has decidido echar todo a la basura y portarte como una niña de 6 años que se molesta porque su mama no le llevo al parque, diciendo que de ahora en adelante serás peor persona que antes llenándote de rencor contra los demás incluyendo personas que aún no conoces ya que hablas de futuros hombres creo yo, entonces no entiendo dónde está tu aprendizaje, entonces no entiendo cuál fue la finalidad de vivir todo eso, ¿de qué te sirve sufrir si no saldrás fortalecida de todo ello? ¿Qué aprendiste? ¿Cuál es tu fin entonces? ¿Quieres ser adulta? Entonces asume tu adultez y afronta los problemas con madurez, no como una niña de 6 años molestándote y pataleando. Toma decisiones sanas, equilibradas que estén dirigidas a algo positivo, entrégate al amor, confía en dios, se mejor persona y no caigas en el error de llenarte de rencor contra el mundo solo porque sufriste un desengaño, no le eches la culpa a los demás por no saber ver en tu interior el tamaño de la experiencia que tuviste y la forma en que debes afrontarlo, o sigue perdiendo el tiempo, no saques provecho a la experiencia y se peor persona cada día condenándote a repetir los mismos errores siempre, tu escoges”. Luego de le decirle todo esto me miro y se quedó pensativa, debo decir que afortunadamente no se lo tomo a mal y aunque luego dijo poco, algo dubitativo, en su expresión vi que lo que le dije al menos la hizo pensar un poco, me alivio la posibilidad de que así podría haber sido.

No solo pasa en el amor, pasa en todos los aspectos de la vida, ese tipo de malas experiencias están dirigidas a eso, hacernos más prudentes o sabios cada día, siempre, pero por lo general nos dejamos llevar por la rabia inmadura de lloriquear por no conseguir que las cosas pasen en la forma en que nosotros queríamos o esperábamos. El mundo siempre será una apuesta, una lotería, unas veces reiremos y otras lloraremos, es así que poco a poco las buenas y malas experiencias van formando fuerza de carácter y valores en nosotros, y mientras unos le echan la culpa a Dios o a los demás, otros preferimos verlo desde el punto de vista más analítico y pensar el porqué de las cosas un poco más en profundidad, por ejemplo ¿que hicimos o dejamos de hacer para que todo terminara mal? recordemos que la contemplación profunda trae consigo la compresión y mientras más compresión de las cosas que nos pasan y nos rodean acogeremos con mejor actitud todo, entonces ¿Por qué llenarnos de rencor?  Sé que este comportamiento es muy común como ya dije pero que necesario es analizarlo y enmendar si piensa usted que debe hacerlo para madurar mucho más y ser más felices de alguna u otra forma. Debemos eso sí, en el futuro, estar más alertas y ser más cuidadosos, entendiendo dentro de todo esto que es válido siempre el “error y acierto” como piedra angular del aprendizaje. Siempre sonriamos con inmejorable espíritu de lucha, buen corazón, altruismo, siempre dispuestos a ayudar, entender que no es nuestra voluntad la que debe hacerse, es la voluntad de Dios la que definirá nuestras vidas confiando siempre en él ciegamente, no dejarnos llenar de la basura que otros nos echan, ahí está, repito, problema a problema, ser mejores personas.

Miguel Ángel Carrera Farías.  Venezuela.
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Sobre el Libro de Urantia y la Lectura de otros Libros

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Un buen lector del libro de Urantia se precia de ser por lo general una persona analítica, unos más que otros pero es algo inherente al libro por su alto contenido, yo soy lector de Urantia desde el 2004 y desde que empecé a leer no he parado, a pesar de llevar tantos años leyéndolo he aprendido poco y me falta mucho por leerle, confieso que he sido un desordenado absoluto a la hora de leer este maravilloso libro que ha sido para mí todo un regalo de los dioses. Durante estos años que corrieron entre lecturas siempre he considerado el Libro de Urantia una maravilla de la literatura espiritual, teológica e intelectual, y más aún lo considero incluso esencial para el ser humano, opinión muy mía que no pretende ser radical o exagerada. Me he dado cuenta que esa misma esencialidad de la que goza el libro de Urantia es la que quizás ha provocado que muchos de sus lectores se cierren a leer exclusivamente dicho libro y se vuelvan reacios a leer otro tipo de textos sin importa que género, no soy un hombre de recurrencias siendo incluso Urantia mi libro de cabecera, pero ha sido quien ha sembrado en mi la semilla de la diversidad equilibrada. Yo podría leer cualquier libro del mundo (si me llamara la atención, de echo pasa) y sé que de alguna forma me nutriría de él, no importa cuál sea el tabú o cuan nociva podría ser dicha obra, si tus fundamentos espirituales tienen bases de acero puro entonces no hay razón para que tu ser interior se tambalee, solo debes dejar los miedos aun lado y lanzarse al conocimiento general, si lees y te informas sobre un tema en el que no estás de acuerdo luego podrás discutirlo con mayor firmeza con otras personas que debatan tus puntos de vista, no podrás debatir jamás un tema que desconoces, así que contrario a lo que se dice yo pienso que todos los libros son un tesoro.

Por cuenta propia he aprendido que la primera ley natural universal es el equilibrio, por esa misma diversidad intrínseca impresa en cada rincón de este universo que habitamos, este es un concepto propio muy mío al que he llegado leyendo, piensa en algo de este nuestro mundo y conseguirás diversidad en absolutamente todos sus niveles. Creo firmemente que Dios es un enemigo acérrimo de la uniformidad (suponiendo que Dios tiene la capacidad de sentirse enemigo de algo, siendo él solo amor) porque de ser así muchas cosas serían iguales en nuestro cosmos, piénsenlo bien, diversidad animal, diversidad vegetal, diversidad de ambientes, diversidad cósmica, no hay dos planetas iguales, o dos sistemas iguales, por eso sería una de las primeras leyes universales después del amor claro está, ni siquiera es necesario llenarse de algoritmos para calcularlo. La diversidad está impresa en nuestro ADN, está impresa en el átomo, dicho esto se podría decir que cerrarse a ella sería contra natura, espero que eso no suene a dogma, en mi opinión es un postulado obvio.

A veces pienso que quizás esa actitud dependiente que ostentamos es la que nos lleva a cerrarnos en una sola cosa, una sola creencia o una sola lectura, yo comparto mi certeza de un Dios único y jamás pondré eso en duda pero estoy seguro que jamás cerrare mi mente a Bradbury, a García Márquez, a Neruda, a Benedetti, a Galeano y un sinfín de autores que han regalado al mundo su magnas obras, ahí debo incluir incluso los libros de temas negativos ya que informarse de dichas materias como ya dije nos hace tener el conocimiento y el argumento para poder debatirlos. Eso sería para mí un muy grave error, error que jamás cometeré, afirmo esto sabiendo que a veces los años y la experiencia nos hacen cambiar de opinión, yo espero que este no sea el caso. Jamás interrumpiré mi lectura del Libro de Urantia, probablemente lo lea hasta el fin de mis días, pero jamás cerrare mi mente a la literatura mundial, en ella hay tanto que si es pecado entonces conscientemente pecare, siendo el dogma una trampa para el hombre no pienso caer en esa trampa halando yo mismo la palanca.

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.
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