Preludio #06

314_1147075310Lo pondré de esta forma, el mundo tiene dientes, y yo le temo enormemente a esos dientes. Por tanto, me refugio de esos viles colmillos en mis letras, esas que van saliendo en la pantalla de cualquier ordenador que consiga prestado. ¿Terrible no? así de miserable es mi vida, ni siquiera un ordenador propio tengo, aun tratando de dedicarme a escribir. No recuerdo mucho de mis travesías a través de algunas pocas montañas de una minúscula parte de la gran Latinoamérica, pero hay cosas que se quedan en ti para siempre. Como los rostros curtidos por el sol y el frío, con sus ojos entre cerrados mirándote con frío desdén, las montañas abigarradas de inmensas rocas, desordenadas sobre sus desdeñosos lomos milenarios, las nubes grisáceas acostadas sobres estas montañas como si de un montón de colchas amontonadas se tratara. No hay duda, hay mucho que se quedara en uno para siempre, he ahi el principio, la génesis de una travesía obligada, apresurada. Con un alma llena de hambre, un cuerpo hambriento y muerto de frío, soportando malas caras, pero soñando con la carita de angel de mi hijo…

Miguel Angel Carrera Farias.   Venezuela.
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Preludio #05

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Carta de Sebastián, a quien sea que la encuentre.

Las dolencias que ignoramos suelen ser las más tristes, quizás porque nos sorprenden desprevenidos, lo que crees es un simple dolor muscular, o un tonto dolor de estómago, termina siendo un demonio necrófago, que decidió hacer su nido en las profundidades de nuestro cuerpo. Por eso luego de recibir la infausta noticia, no queda otra que pensar en la tragedia, en la muerte acechante, créanme, sé de qué hablo, soy testigo presencial de numerosas muertes en mi familia, y ahora soy portador de la misma. Miocardiopatía dilatada, mi corazón se hincho como un balón de futbol, así que era cuestión de tiempo, para que sufriera una muerte súbita. Sin dinero, un trasplante no estaba en los planes, por mucho que mi familia lo quisiera, así que esto seguiría así, dañándome por dentro como una araña negra, que contamina todo con su ponzoña. Entre mis peregrinares mentales, me he preguntado si habrá una mal intensión en todo ello, o si una enfermedad solo sigue su ciclo natural, sin tener conciencia de que acaba con una vida, de una forma tan terrible, de ser así al menos tendría un objetivo preciso contra quien enfilar todo este odio creciente que sentí. En la espera de la muerte se suelen pensar muchas tonterías, y es en medio de toda esperanza, que buscas en los más profundos recovecos, la forma de evadir la muerte desesperadamente.

Antes de que mi cuerpo fuera albergue de engranajes, tornillos y cables. Yo era un hombre normal, que trabajaba de ayudante junto a mi padre Augusto Longinus como mecánico en el ferrocarril de mi ciudad, martillando pernos y cargando material pesado. Entre un frio promontorio de edificios y casa humeantes grises, con calles sin asfaltar, en medio de montañas chatas y bosques grises, de tierra negra. Vivir aquí no era fácil, en medio de tanta pobreza. Nuestra casa quedaba al fondo de una calle bordeando el bosque, así que siempre teníamos madera cerca, para pasar el frio. Mi abuelo, hombre maravilloso, había investigado y desarrollado mucho sobre energías alternativas. Había descubierto una forma de contener grandes cantidades de Electricidad en una pequeña batería de 3 cm, energía limpia alternativa al vapor de poderes increíbles. Que luego el mismo hizo desaparecer a escondidas, dándolo por robado, para evitar que cayera en manos de gente que solo querían hacer desaparecer, su invento y a su inventor con él.

Ahora, ¿Por qué tengo un corazón mecánico? Simple, mi abuelo uso todo lo que estaba a su alcance para salvarme la vida. De alguna forma que aun no entiendo bien, y que se resistió a explicarme, por mi propio bien según él. Logro introducir este artefacto en mi pecho para sustituir mi corazón, por algo que bombeara sangre y me mantuviera con vida. Si desabotono mi camisa lograras ver en el lado izquierdo de mi pecho, al ras de la piel, la superficie de un pequeño cajón de metal cuyo minúsculo panel consta de un reloj indicador, y dos botones del que desconozco sus funciones. Esto empotrado en lo que parece ser una tapa asegurada, que jamás me atrevo a tocar. A veces mientras duermo, mi corazón ronronea extrañamente y un raro sabor a cobre inunda mi lengua, es como si despidiera una energía que inunda mi cuerpo. He leído con anterioridad sobre la bioelectricidad, pero solo se tonterías, mi cachivache personal emite energía, me mantiene con vida y mi abuelo se encarga de lo demás. Siempre me duerme antes de cada revisión, así que no sé nada más. Y por si te lo estabas preguntando, por supuesto que puedo darme duchas frías, aun teniendo esta cosa de metal en mi pecho.

¿Qué de donde sale la energía al parecer ilimitada, que mantiene mi corazón bombeando sangre ininterrumpidamente? Pues se supone que el generador funciona con esa pequeña batería de energía que habría revolucionado el mundo. Y que personas de alto poder involucrados directamente con SteamCorp (Principal empresa desarrolladora de la maquinaria de vapor en el país) se apresuraron a querer comprar, para desaparecerla y mantener el millonario negocio familiar. Así que al parecer yo llevaba una pequeña bomba de tiempo en mi pecho, y si ellos llegaban a saberlo (cosa que ciertamente paso), me cazarían como a un zorro. Yo nada podía hacer, víctima de las circunstancias, mi vida dependía ahora de un pequeño artefacto, que no entendía, del que no podía deshacerme, y del que nada podía decir, como prometí a mi abuelo. Como otras miles de preguntas que tendrán, imagino que se preguntaran también si este pequeño corazón mecánico me hará un hombre frio y calculador. Pues les diré que no tiene nada que ver, experimente cambios positivos increíbles de contar. ¿Amor? Claro, esto solo bombea sangre y bioelectricidad, lo demás está en el espíritu, creo.

En este mundo movido por el vapor, nada es fácil, los galeones y zepelines llenan los cielos, los carromatos y naves de la tierra llenan las rutas y ciudades. El Vapor y la pólvora son hechos para la guerra, o al menos para eso les ha secuestrado el hombre. Y uno de sus principales explotadores es SteamCorp, un monstruo industrial dominado por una familia con mano de hierro. Como no, llena de ironías, algunos han muerto en extrañas circunstancias, se dicen que la proximidad de la muerte del anciano dueño, ha encarnizado la lucha por el poder en una de las empresas más grandes del mundo. De ser así no sería extraño, siempre hemos sabido cómo podría terminar todo eso. Por ahora, yo seré el próximo en morir, perseguido por uno de sus perros de caza. Mi corazón mecánico me ha salvado la vida, pero también termino poniéndola en medio de una tormenta del que no se si saldré con vida. A quien sea que lea estos indescifrables garabatos, llevo el futuro del mundo incrustado en mi pecho, SteamCorp quiere destruirlo y enterrar sus restos junto conmigo para siempre.

Sebastián Longinus.

 

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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Preludio #04

1542315602262473— ¿No te parece que el nombre del tercer planeta es estúpido Ela? Es decir, la tierra. Que chafa tan poco imaginativa, al menos hubieron tratado con algo más creativo, como esos planetas que tienen nombres de dioses griegos, no es que sea la gran cosa, pero suenan interesantes al menos. La tierra, suena a montón de barro flotando. Vaya nombre; mira el Sol, ese nombre es tajante, con un aire de grandeza, el muy desgraciado astro no se deja mirar fácilmente— balbuceo Sylak aburrido. Ambos de pie en medio de la nada lunar.

—No esta tan mal—exclamo Ela con poco interés, mirando absorta el frío espacio invadido de estrellas— Al menos es indicativo de lo que siempre ha sido, un basurero condenado a la mierda.

—Su condena empezó con ese nombre Ela, créeme, un guijarro corrompido flotando en el espacio, poblado de asesinos, psicópatas y pobres diablos. Basuras que no dudaron en devastar su propio hogar, sin el más mínimo resentimiento.

Ela dejo por unos segundos su absorta contemplación de las estrellas, miro a Silak sonreída, agregando—Cualquier cosa por no quedarte callado ¿cierto?

—En serio Ela, mira, aun se ve parte de su majestuosidad desde aquí, ese hermoso azul profundo hipnotiza a cualquiera, ¿no crees?

—A mí me da igual— agrego Ela con tono seco —Yo miro hacia adelante, no pierdo el tiempo pensando en ese infierno, no puedo esperar llegar a Ganimedes. Sueño con ver sus capitales piramidales de alta envergadura, su maravillosa limpieza y su hermosa armonía, este hollín lunar flotante me tiene al borde de la locura. En Ganimedes viviré feliz lo que me queda de vida.

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.
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Preludio #03

1541438980461351—¡Odio todo esto! ¡En verdad lo odio!— Grito, sentado sobre la hierba, halándose los cabellos en señal de desesperación.

No tenía derecho a nada. Le asaltaba el recuerdo de su reunión con el apostata. Su caída desde los cielos como un rayo con sabor a dolor humano. Sufrió, sufrió mucho su repentina orfandad. No se podía ser más desdichado. Gritaba a los cielos, pero ya nadie respondía. Maldijo todo aquello con lágrimas amargas.

—¡Eres un idiota! ¿Qué te pasa? ¿Por qué?— le preguntaron sus compañeros riendo estrepitosamente. Era una blasfemia, una que le llenaba de rabiosos deseos de aniquilarlos.

Pero Abad permanecía en silencio, no alegaba ninguna razón. Solo una terrible sombra comenzó a llenar sus ojos. Más tarde les diría que solo eran tonterías suyas, preferiendo tragarse su arrepentimiento. Veía a sus compañeros con asco, como a una chusma perdida.

Entonces Abad, contemplo la posibilidad de una vida ermitaña. En secreto, se marchó a vivir en las frías cuevas de la azotada costa de Femo. Allí permaneció durante largos miles de años. Sin contacto alguno. Un ángel caído no necesitaba nada más, solo salir de su cueva sobre las rocas, cada cierto tiempo a orar. Fue así, como una oración de súplica una mañana de sol, sembró en él, el terrible propósito de hacer justicia para resarcirse. Cazaría sus congéneres y les haría pagar, aniquilaría sus vidas del universo. Sus negros ojos se llenaron de brillo, contemplando el horizonte que una vez más traía tormenta.

Miguel Angel Carrera Farias.   Venezuela.

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Preludio #02

1541178725341305Esa noche, Julieta estaba sentada en las escaleras que daban al jardín de su casa, recostada contemplando las Pléyades, brillando en lo alto del cielo nocturno, había leído recientemente sobre aquella supuesta raza Pleyadiana que nos habitaba. Pensaba en la hermosa posibilidad de que fuera cierto. Su madre le preguntaba porque siempre perdía el tiempo leyendo aquel montón de tonterías fantasiosas, cuando podría aprovechar ese tiempo leyendo sus libros de colegio y aprender de verdad como Dios manda.

—¡Tonterías!— mascullo, mirando con desdén hacia el pórtico de la casa. —Es mi problema y en mi tiempo libre saciare mis pasiones y curiosidades con la lectura que a mí me dé la gana, faltaba más, soy excelente estudiante así que cumplo la media.—

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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Preludio #01

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Al-Bashir era un beduino solitario en las llanuras lunares. Un soñador irremediable. Un alto promontorio de rocas era su mirador predilecto. Los valles lunares, los abismales cráteres milenarios. Era romántico, un jardín celeste fosilizado, arropado por un mar de estrellas hipnotizantes. Solo el Bip indicador de poco oxígeno en su traje, lograba separarlo de aquel lugar. Así; Al-Bashir veía el incomprensible amor de Al-lāh , en las majestuosas profundidades de un cosmos que en astral, visitara.

Miguel Angel Carrera Farias.   Venezuela.
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Mi primer libro “Poemario Mil vidas vividas” con flemingED! Editorial

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Enhorabuena, mi primer libro ya está a la venta, no puedo sentirme más feliz en estos momentos. Ser un autor publicado es el sueño de muchos, y a dios gracias que hoy en día hay muchos medios para hacerlo, Yo espero muchas personas llegue a leerlo y les llegue al corazón. Mi libro contiene muchísimas palabras salidas del alma, aunque no voy a extenderme en algo que ya explico suficientemente bien en el propio libro. Debo agradecer enormemente a mi gran amiga Mel Gómez por su maravillosa ayuda en todo, en corregirme y arreglar todo el contenido del borrador final. Un gran agradecimiento al amigo Juan Re Crivello de flemingED! Editorial por su guía, trabajo y amistad. Un abrazo a todos y mil gracias a quienes lleguen a comprarlo y apreciarlo.

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Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

Wendigo by Miguel Ángel Carrera

1525871546385531—No tengo nadie más a quien contarle esto, solo a usted, lo he meditado mucho durante días, y lo mejor será a usted que es el encargado de la investigación. Lo que quiero explicarle señor Hernández es la forma en cómo murió mi esposa, como yo fui indirectamente el culpable. Yo le Empuje hacia la muerte— dijo el hombre terriblemente apesadumbrado. Tirado sobre un viejo y desgastado sofá de desagradable color marrón oscuro, —agregando: Y si recurro a usted, es para tratar de expiar la culpa que me quema por dentro.

El hombre era Antonio Echeverri, un obrero de la construcción en la gran ciudad. Corpulento, pálido, de unos 1,95 metros de altura. Había llamado al inspector Hernández para hablar con él, seriamente. Este había acudido a su casa, al día siguiente sin pensarlo. Se sentaron en la sala de su casa. Sucia y descuidada, con pocos muebles, periódicos y revistas apilados en un rincón, cerca de una lámpara sobre una pequeña mesa. No había retratos en las paredes verde pastel, manchadas de humedad, no había adornos, no había nada más en aquel lóbrego sitio.

—No tengo nadie más a quien contarle todo esto, mis amigos jamás me creerían, menos un cura, y es muy probable que usted tampoco. Después de todo, usted puede hacer lo que quiera o lo que sea necesario, no me interesa defenderme, solo desahogarme.

Hernández sentado frente a él, saco una pequeña libreta, un lapicero y se dispuso a escucharlo.

Echeverri estaba tirado sobre el sofá con la mirada algo perdida, se le veía muy apesadumbrado, derrotado. Un hombre listo para tirarse al foso de los leones, luego de haber sido sentenciado.

—Bien, comencemos, me decía ¿Entonces, usted asesino a su esposa señor Echeverri?— Pregunto Hernández mirándolo fijamente con aire tranquilo.

El hombre se revolvió nerviosamente en el sofá, mirando por unos segundos hacia la cocina, Hernández lo observo con detenimiento sin pronunciar palabra.

—Indirectamente, si, comenzare desde el principio y podrá entenderme mejor —se rasco la calva impaciente —Me case con Ángela en el 81, ella tenía 24 años y yo 30. Al igual que yo, había estado casado anteriormente, mi primer matrimonio fracaso por la monotonía y mi terrible situación económica. El de ella fracaso porque no podía tener hijos, creo yo, siempre me conto otra cosa, pero nunca le creí. A mí eso poco me importo, yo tenía dos hijos de mi primer matrimonio, así que eso fue un alivio en realidad. ¡Que carajos!, la quería en verdad, era alegre y muy hacendosa

. Al tener 3 años de casados nos mudamos a este suburbio fuera de la ciudad, buscábamos una vida más tranquila, menos agitada.

Hernández sintió una ligera pero desagradable fetidez, como a madera podrida y musgo pantanoso. Frunció el ceño y miro a su alrededor. El hombre miro a Hernández, y luego miro nuevamente hacia la cocina, nervioso.

— ¿Siente eso amigo?— dijo Echeverri arrugando la nariz en una expresión de oler.

— ¿El mal olor dice? Pues sí, ¿Qué es?

—Pronto lo sabrá, y entenderá de que hablo.

Hernández volvió a mirar a su alrededor extrañado, sintiendo esa fetidez

—Entonces me decía que se caso con ella en el 81— dijo revolviéndose en el mullido y horrible mueble.

—Así es, como ya le conté, luego de unos años, nos mudamos acá, fuera de la ciudad, buscando un lugar tranquilo. Yo conseguía trabajo a destajo en construcciones locales y ella trabajaba en casas de familia— agrego —Fue alrededor de llevar 5 o 6 meses en esta casa, que todo lo extraño comenzó, aquel hedor, muy a pesar de que mi Ángela era muy dedicada a la limpieza en todo. Era extraño a vec…

El hombre se interrumpió y miro nervioso hacia la cocina, frotándose las manos, revolviéndose nuevamente en el mueble.

— ¿Le pasa algo señor Echeverri?— le pregunto Hernández curioso.

El hombre absorto por unos segundos, mirando la puerta de la cocina, volteo a mirarlo rápidamente — ¿Qué? No, no pasa nada— agrego huyendo la mirada de Hernández —Es solo que a veces olvido algunas cosas.

—Entiendo, entonces me decía que…

—Sí, sí, exacto, le decía que todo comenzó con el hedor. Yo solía ir en las madrugadas al baño a orinar, y luego a la cocina a tomar un vaso de agua. Muchas veces mientras orinaba sentía el hedor, fétido, mohoso, a veces muy fuerte. El día que todo se puso mal, fue esa lluviosa madrugada de mayo. Me levante como siempre para orinar y luego con la garganta seca, ir por un vaso de agua. Baje pesadamente las escaleras y cuando iba a entrar en la cocina, observe machas y un bulto en la oscuridad, y al encender la luz, contemple aquello horrorizado— el hombre hizo una pausa y se quedo pensativo por unos segundos.

— ¿Qué? ¿Qué vio señor Echeverri?

—Nuestro gato Tuerto señor Hernández, así se llamaba, porque le faltaba un ojo al pobre. Estaba en medio de esta sala, destrozado, mi somnolencia desapareció como por arte de magia, al ver aquel espectáculo dantesco. Estaba cortado a la mitad, pero la mitad del lado de la cabeza no estaba, solo había mucha sangre y parte del torso trasero. Tuve que llevarme la mano a la boca para no gritar, sentí mi piel erizarse y el hedor nauseabundo tan fuerte que me dieron ganas de vomitar.

— ¿Y qué hizo entonces?— Pregunto Hernández con estupor.

—Que otra cosa podía hacer, salí corriendo de ahí como pude, me había quedado paralizado, me costó hacer que mi cuerpo me obedeciera, pero pude hacerlo, corrí como alma que lleva el diablo escaleras arriba. Entre a mi cuarto, subí a mi cama casi sin respiración, sin saber qué hacer. Mi Ángela dormía, como yo, no sintió nada. Tuve que despertarla y contarle, primero, con cara de incredulidad, no me creía, preguntándome que había pasado en realidad. Luego lloro, casi grito, tuve que contenerla como pude. Quiso bajar pero no la deje, le dije que esperáramos a que amaneciera, luego yo bajaría, recogería en una bolsa lo que había quedado de Tuerto para enterrarlo en el patio, y luego ella podría bajar para que limpiáramos el desastre.

—Y así hicimos, acepto a regañadientes. Cuando el día aclaró, baje lentamente, asustado, asustado como nunca, busque una bolsa negra de basura y recogí lo poco que quedo del pobre Tuerto. Fue horrible, luego de ese acontecimiento, no pasó nada más por unas semanas. A mí me había extrañado que esa noche, nuestro perro no ladrara afuera en el patio trasero, el solía ladrarle hasta una mosca y esa noche, nada, esa noche callo, algo lo asusto, lo encontré escondido detrás de los trastes viejos que hay arrumados en nuestro patio. Pasamos varias noches en vela, porque no sabíamos que cosa o animal había sido capaz de semejante carnicería, y más dentro de la casa. Un exterminador vino y reviso todo pero no encontró nada.

Echeverri se interrumpió, se disculpo un momento, se levanto y camino lentamente hasta la puerta de la cocina con cierto sigilo. Miro unos segundos y volvió al viejo mueble.

— ¿Pasa algo señor Echeverri? Puede confiar en mí.

—No, le dije que no pasa nada, no se preocupe.

—Bien, le creo, prosiga, me decía que…

—Nuestro perro, si, pobre animal, era muy noble. Después de la noche que murió Tuerto, nada paso por unas semanas. Yo me levantaba ocasionalmente de madrugada a orinar, pero ya no bajaba a tomar agua, el miedo no me dejaba, algo me decía que si bajaba, moriría en algún momento. Jamás mis presentimientos fueron tan agudos como esos días. Una madrugada armándome de valor por el intenso hedor que subía hasta nuestra habitación, baje.

—La fetidez era insoportable, nauseabunda, como pude me asome a la cocina y ahí estaba esa cosa, horrenda, hedionda, negra.

— ¿Qué cosa señor Echeverri? No entiendo. ¿Qué era?

— ¡El Wendigo! Señor Hernández, lo que se había comido a nuestro gato, había regresado por mas, tenía hambre, ¿entiende?

— ¿Wendigo? Haber, déjeme ver si le entiendo señor Echeverri, ¿usted está queriendo decirme, que una criatura ficticia de cuentos, estuvo aquí y asesino a su gato?

— ¿Siente el hedor señor Hernández? ¿No lo siente?

Hernández lo miro extrañado y dijo —Si lo siento, y pienso que debería usted asear su casa de vez en cuando. Prosiga, veamos adonde llega con todo esto.

—Una madrugada escuche murmullos en nuestra sala, creo, no me atreví a bajar, estaba aterrorizado. Y lo comprendí, no se marcharía de nuevo hasta que comiera, debía hacer algo, o vendría por nosotros.

— ¿Y qué hizo entonces?

Aquel hombre, Antonio Echeverri, miro a Hernández con expresión de tristeza, para luego bajar la mirada.

— ¿Qué otra cosa podía hacer? La noche siguiente deje pasar a nuestro perro para que durmiera dentro de casa. Pobre animal. Entro por la cocina saltando de alegría. Quiero que entienda que era él o nosotros, no podía hacer nada mas, debía ganar tiempo, soy un pobre diablo, sin dinero, a donde podíamos ir.

Hernández lo miraba con condescendencia y el pobre hombre dejo ver sus dientes en una sonrisa desencajada, casi gritando.

— ¡Sé lo que está pensando polizonte! que soy otro loco mas, inventándose una historia fantástica para eludir la cárcel. Usted no sabe nada amigo, no sabe nada, me escucha.

—Cálmese señor Echeverri, yo no creo nada, no es mi trabajo, por ahora solo le escucho y tomo su declaración, Recuerde que fue usted quien me llamo, prosiga por favor, no se preocupe— le dijo Hernández con firmeza.

—Nuestro perro, se llamaba Sócrates, el maldito animal era inteligente y muy fiel, y vaya que lo amábamos, me dolió mucho aunque no lo crea. Esa noche le deje entrar, debía saber si era eso, calmar su hambre, y si no lo era, entonces debía hallar una mejor solución, sabe, mi pobre Ángela no sabía nada aun. Estaba viviendo mi infierno personal yo solo sin decirle palabra alguna, no quería preocuparla, al menos no hasta que fuera muy necesario. Deje al pobre can dentro y subí a acostarme. De madrugada mi vejiga me atormentó religiosamente con las ganas de ir a orinar, no fui al baño, el terror podía mas, prefería aguantármelas hasta el amanecer. Escuche entre sueños, algo arrastrarse, unos gruñidos y luego unos huesos quebrarse, desperté sobresaltado, y eso fue todo. Luego no pude dormir mas, ni siquiera me preocupe en que horas eran, solo me arrope y deje pasar la noche contemplando el techo— Echeverri hizo silencio por unos segundos mirando sus zapatos.

— ¿Y luego que paso?

—A la mañana siguiente hable con mi pobre Ángela y le pedí que no bajara hasta que yo le indicara, y ella acepto preocupada, sin saber lo que yo había hecho. Luego baje para comprobar aquello que tanto temí. Mi corazón, mi estomago, mis tripas, todo dio un salto, estremeciéndome. El pobre animal estaba destrozado, sin muchas de las partes de su pobre cuerpo, de nuevo me aterrorice y estuve allí petrificado por largo rato, llorando.

— ¿Por cuánto tiempo?

—Ni idea, solo sé que cuando pude moverme, subí lo más rápido que pude y me encerré en nuestra habitación a contarle todo a mi esposa, después de lograr calmarme un poco.

— ¿Y ella que le dijo?

—Fue terrible, lloro, me insulto, intento golpearme, tuve que abrazarla lo más fuerte que pude hasta que se calmara. Y luego cayó en el suelo llorando, preguntándome desesperada que estaba pasando. Fue entonces cuando decidí contarle todo lo que había sucedido las últimas semanas.

— ¿Y le creyó?

—Al principio no, pensó que quería justificar alguna clase de locura, incluso luego me tenía miedo, pero luego acepto que si era el Wendigo.

— ¿Cómo fue que su señora esposa, termino aceptando esta clase de teoría señor Echeverri?

—Luego que el pobre Sócrates murió devorado, pasaron unas semanas sin incidentes de ningún tipo. Cambie mis hábitos nocturnos, cenábamos temprano y nos encerrábamos en nuestra habitación hasta el otro día. A pesar de que fueron noches tranquilas, me costaba conciliar el sueño, no era fácil digerir todo aquello. Hasta que el hedor comenzaba de nuevo, primero de forma muy ligera, luego se iba intensificando, entonces yo sabía que significaba eso. Tenía hambre y venia para que le diera de comer. Y le recordaba a mi Ángela lo que eso significaba, ella misma escucho al Wendigo en la madrugada arrastrándose en nuestra sala, gruñendo, con su hedor a madera podrida y musgo de pantano. Por supuesto ninguno de nosotros se atrevió jamás siquiera a abrir la puerta.

— ¿Por qué este Wendigo, estaba aquí precisamente? ¿Porque los escogió a ustedes?— Pregunto Hernández expectante.

—Como carajo voy a saberlo— grito Echeverri, llevándose las manos a la cabeza —Esa cosa era inmensa, negra como si no tuviera alma, con garras como ramas secas, sin rostro, nauseabunda, gruñendo, dejando charcos de negra corrupción en cada paso. Sufrí mucho esos días pensando que hacer, vendría por mí, se que vendría por mí, ¿no entiende? Deje de ir a trabajar, pensé mil maneras de arreglar todo aquello hasta que lo entendí.

— ¿Qué entendió señor Echeverri?— Hernández se imaginaba ya la respuesta, y quizá era lo quería escuchar.

Echeverri le miro fijamente, sonriendo descaradamente mientras se rascaba lentamente el mentón.

— ¿Usted que cree señor Hernández? Lo veo en su cara, sabe cuál será mi repuesta, ¿Qué habría hecho usted para salvar su vida?

Hernández se sintió incomodo, sin saber porque, nervioso, agrego —No sé ninguna respuesta, dígamelo usted ¿Qué hizo para calmar al Wendigo esta vez?

—Mi pobre Ángela— dijo moviendo lentamente la cabeza hacia los lados con tono de lamento —Solo le pido a dios que no haya sufrido mucho.

— ¿Qué hizo usted señor Echeverri?— pregunto Hernández con la cara descompuesta.

—Esa noche le dije que fuera a la sala engañándola, a ella le aterrorizaba ir, pero yo la tranquilice diciéndole que hacía semanas no había habido incidentes.

— ¿Y cómo es que ella no escucho a la criatura arrastrase o gruñir en la madrugada?

—Lo planee, la dormía con somníferos, durante algunas noches y así pasaría la noche sin sentir al Wendigo. Esa noche ella acepto bajar a revisar todo como hacíamos a veces cuando todo era normal— Echeverri dejo escapar al fin unas lagrimas que recorrieron sus mejillas.

— ¿Y entonces que paso?

—Ella bajo, y yo cerré la puerta de la habitación con seguro. Luego, nada se escucho, solo un crujido de huesos. Llore, llore toda la madrugada y toda la mañana, me sentí como un asesino, un completo desgraciado. Pero había sobrevivido otra noche. Usted estuvo en la escena del crimen señor Hernández, vio lo que quedo de ella, así que no necesito contárselo. Como usted ya sabe, estoy libre bajo fianza, mientras hay investigaciones, y ya han pasado casi cuatro semanas desde el asesinato de mi pobre Ángela. Y…— Echeverri hizo una pausa mirándolo fijamente —Creo que ya se dio cuenta del hedor, y debe saber lo que eso significa, ¿verdad?

—Quizá lo sepa, si— Hernández se sintió mucho mas incomodo aun, le invadieron unas terribles ganas de salir de ahí lo más rápido posible, se levanto del mueble, seguido por Echeverri, diciéndole —Creo que eso es todo señor Echeverri, ya va a ser mediodía y debo ir a la oficina central, todo esto ha sido extraño, y me ha ayudado mucho a sacar conclusiones— Echeverri asintió en silencio.

Caminaron hasta la puerta y se despidieron con un apretón de manos, Hernández sintió un alivio tremendo al haber salido de esa desagradable casa, prometiéndose no volver a entrar ahí nunca más, ordenaría el arresto de Antonio Echeverri al llegar a la estación. Echeverri cerró la puerta tras de sí, era de día. Solo debía esperar la noche para encerrarse en su habitación y estaría a salvo cuando llegara el Wendigo. Camino por la sala, nervioso, y al llegar al umbral de la cocina, se petrifico, el hedor era insoportable, un gruñido invadió el lugar. Debía correr, salvar su vida, era de día, no entendía, pero ya no importaba, solo correr y no mirar atrás. Pensando que puerta era más cercana, la de la calle, o si debía subir las escaleras hasta su habitación. Si lograba sobrevivir esta vez, buscaría algún amigo, o algún borracho de esquina para dar de comer al Wendigo.

Miguel Angel Carrera Farias. Venezuela.
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Noche de Verano by Miguel Ángel Carrera

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Una agradable brisa de verano entro por la ventana moviendo suavemente su cortina color lila, acariciando sus mejillas, haciéndole cerrar los ojos, sumergiéndole en sus pensamientos más hermosos. Luego no tuvo conciencia, no supo que paso, estaba en sitio extraño en el que jamás había estado, pero que su intuición le decía, era muy familiar. Un desconocido estado de estupor placentero. Estaba sobre una loma de suave grama, en una noche colmada de estrellas, entre personas con candilejas blancas y azules, en picnics de medianoche. Sentada sobre un hermoso mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, sola, a lado una botella de vino tinto, dos copas boca abajo, sobre dos pañuelos blancos, como dispuestos para un segundo invitado, un cesto con pan de jengibre, y dios sabe que mas. Sonrió de alegría, las personas de las candilejas parecían alegres, como en una feria de fin de verano, vestidas de gala, trajes de corbata y sombreros, algunos de pie, algunos sentados sobre sus manteles de picnics. Después de un minuto contemplando aquel espectáculo, como salido de un cuadro de Van Gogh, se sirvió una copa de vino para relajarse. Se llevo la copa a los labios, sintiendo su tibio dulzor, mientras paseaba nuevamente la mirada alrededor. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, se miraron fijamente por unos incontables segundos, estuvo tentada a sonreír en medio de aquella mirada profunda, pero se contuvo, no quería parecer interesada. Entonces él sonrió, y ella volteo rápidamente la mirada para sonreír sin que él lo notara.

Luego volvió a mirar y vio momentáneamente para  saludar a alguien que pasaba cerca de él. Aprovecho entonces para detallar un poco todo, su traje de domingo, su sombrero de cinta roja, envuelto en lejanas luces blancas y azules, bajo una luna que flotaba como una blanca bambalina sobre ellos. No sabía de dónde venía, pero había música, no era escandalosa, era suave, estaba en el fondo, sonaba un sutil jazz de John Coltrane, un saxo que sigilaba entre las personas seduciéndolas, parecía venir de todos lados, incluso mágicamente del camino de luz dejado por la luna en el lago. La noche no podía ser más mágica, ni siquiera estando en el país de las maravillas. Esto era real, palpable, el olor de la grama, el dulzor del vino, la mirada penetrante de aquel hombre que la miraba con deseos de conocerla. Había ignorado esto por unos segundos hasta que miró rápidamente hacia donde él estaba. Su corazón dio un salto, estremeciéndose, él se había levantado y caminaba en dirección a ella sonriendo aun. Ella se lleno de nervios miro hacia los lados tratando torpemente de adoptar una postura correcta o desinteresada. Se sintió como una tonta, lo veía atractivo y eso le ponía nerviosa, ¿Qué diría? ¿Debería decirle que era un atrevimiento poco caballeroso el haberse atrevido a hablarle sin ser presentados antes? Tonterías, jamás le diría eso, le gustaba mucho, esa atracción fue como una centella cayendo violentamente sobre ella, sin avisar, conmocionándola enormemente. Así de inexplicables son a veces las emociones humanas, así de impredecibles y laberínticas, pensó— En segundos, él estaba de pie frente a ella, tendiéndole la mano para presentarse.

—Buenas noches señorita, disculpe mi atrevimiento, llevo rato observándole sola acá, mirando en varias direcciones, y me pregunte si usted esperaba a alguien o se sentía usted un poco indispuesta— Dijo él caballerosamente, con su interminable sonrisa, envuelto en una invisible aura de sedosa personalidad, algo que le resulto extrañamente narcótico. Esto la dejo pasmada, pensando en algo correcto para decir.

Aun sentada, sobre el mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, lo miro a los ojos fijamente esbozando una sonrisa —No, estoy aquí sola, disfrutando este ambiente, no es todos los días, sabe. No espero a nadie, vine sola a disfrutar la feria, la música y algo de vino.

— ¿Es una feria?— se pregunto Isabela mentalmente, frunciendo un poco el ceño.

—Entiendo, yo vine con unos amigos pero se dará cuenta que me dejaron solo, los muy traidores— dijo divertido. Y me pregunte si usted aceptaría mi compañía, podríamos conversar y no pasarla tan solitarios, hace una noche tan hermosa.

Agregando —Me presentare, mi nombre es Santi, vivo cerca del lago, y muy a pesar de la belleza de este sitio y mi cercanía, vengo muy poco acá.

—Pues debería venir más seguido, yo lo haría, con feria o sin feria, jamás había visto un cielo tan estrellado como este. Mi nombre es Isabela por cierto.

—Un gran placer señorita Isabela ¿Puedo sentarme junto a usted?— pregunto, tímidamente.

—Por Dios, suena mejor solo Isabela—dijo soltando una carcajada, poniéndose una mano en el pecho. Si, por supuesto, adelante.

De piernas cruzadas ambos se echaron hacia atrás levemente posándose sobre sus brazos estirados para poder mirar un poco hacia el cielo mientras conversaban.

—Sabe, usted me parece familiar— Dijo él tratando de improvisar.

— ¿Le parece? Yo jamás le había visto, pero al menos es agradable conocerle acá, en este momento del que no sé cómo empezó.

— ¿No lo sabe?

—No, ¿extraño verdad? Pero me siento bien, creo que no podría estar en un mejor lugar en este momento, siento incluso que ahorita no quiero estar en otro lugar que no sea este.

—No es extraño— replico él —Es como un deseo de carpe diem involuntario, sabes, el idilio suele asaltarnos en los lugares más insospechados, esto puedo que sea extraño para los tontos, pero no para nosotros, creo.

— ¿Tú crees? No es como si fuera una situación dimensional o de evasión hacia alguna utopía fantasiosa— dijo ella con picardía mirándolo de reojo.

— ¡Oh no!— soltó una carcajada — claro que no, yo diría más bien que podría ser una afortunada anomalía de la vida.

— ¿Anomalía?

—Sí, ya sabes, no es habitual que no sepas como llegaste aquí, como una anomalía en el espacio tiempo.

Ambos rieron con ganas unísonamente, hubo una conexión inmediata.Isabela pensó entonces en situaciones pasadas, había sido invitada a cenar anteriormente por personas por las que no sentía el menor interés, entonces sus conversaciones parecían harto aburridas, tanto que le hacían gritar mentalmente ¡debo escapar de aquí! Ahora era diferente, cuando alguien te gusta de verdad, te parece interesante la conversación,incluso si solo habla sandeces. La conversación se desarrollaba a veces sin mirarse, mirando al mismo tiempo las estrellas, pensando en sus anhelos, y cuando había una oración que los sacaba de su absorta contemplación, entonces volvían a la tierra para verse a la cara y lanzarse preguntas. Lo siguiente puso en tela de juicio su sensación de estar en una realidad de ensueño. Una parte de ese hermoso cielo nocturno se vio invadido por una lluvia de estrellas que brillaban entre blancos, amarillos, azules, turquesas y magentas. Pudo ver como entre luces de colores se desvanecían en el cielo, seguidas por decenas de otras.

— ¿Esto es real? Es extraño, jamás había visto una lluvia de estrellas, y esta es tan fuera de lo común, aunque no sé si sepa como luce una en realidad, tantos colores — dijoIsabela impresionada sin quitar la vista de aquella lluvia nocturna.

—La realidad no importa ahora— agrego él,mirándola —disfrutemos esto, un momento único dentro de tu anomalía— bromeo.

Fue entonces cuando se miraron fijamente, bajo esa lluvia de luces de colores, cuerpos quemándose al entrar a la atmosfera. Sintieron una brisa fría pasar entre ellos. Habían conversado mucho, sintiendo algunas veces desaparecer todo a su alrededor, experimentando una familiaridad singular, que les atraía olvidando todo lo demás. Por eso sin darse cuenta se vio junto a Santi paseando a orillas del lago, quizá para ver el hermoso efecto que hacia el reflejo de la lluvia de estrellas en el lago, quizá para apartarse de los demás y estar un poco más a solas. Deteniéndose apenas para responderse alguna pregunta necia entre bromas.Isabela sintiendo su cercanía se detuvo, mientras él se ponía frente a ella, quedando cara a cara. Era débil a la magia de aquel lugar, Los arboles danzando al ritmo de la brisa veraniega, ella sintiendo como se formaban huracanes y remolinos en su corazón, el saxo de Coltrane seduciéndolos, las candilejas blancas y azules deambulando por la loma y el lago, como estrellas bajadas de ese cielo nocturno, ellos en medio de la serranía, desafiando el equilibrio universal al conocerse, colisionando en un bing bang, creando un nuevo sol y un nuevo cuerpo celeste que rotaba alrededor de ella. Perfecto, si, era perfecto, luego le contaría a sus amigas y ellas reirían emocionadas por esta nueva conquista soñada, como niñas de secundaria.

Entonces Isabela tratando de dejar un poco de soñar, dijo —Un momento, aun no se mucho de ti, y me gustaría saber más, no sé si eres casado o soltero, ni a que te dedicas.

—La verdad soy soltero, estuve casado y no fue una buena experiencia, pero prefiero no hablar de eso, no estaría bien hablar mal de ella, es poco caballeroso.

—Cuéntame— le susurro Isabela con picardía —No hables mal de ella, solo cuéntame lo que paso.

—Si te cuento lo que paso no será nada bueno, echaría a perder la velada.

—Entiendo, bueno me contaras otro día, mejor que la noche se quede como va, hermosa. Yo creo vivir por aquí cerca, sabes, sé que es cerca, pero no recuerdo donde. Es raro pero creo que sí.

—No te preocupes, Ahora eso no importa, estamos aquí, es lo que importa, no creo que sea fortuito que nuestros mundos hayan chocado, ¿no crees? ¿Qué te parece si volvemos y tomamos algo de vino?

—Me parece perfecto— respondió Isabela sonriendo.

Al minuto, estaban de nuevo sentados sobre el mantel de diminutos cuadros rojos y blancos, sirviéndose vino, chocando las copas, brindando con la mirada.

— ¿Te has enamorado perdidamente de alguien difícil?— pregunto ella sorpresivamente.

Entonces Santi rió con ganas —Me enamore de alguien difícil, si, pero no perdidamente. Creo que fue más un capricho de ella, con un obstinado empeño de complacer a mi madre de mi parte, esas son mi querida amiga, los ingredientes perfectos de una bomba de tiempo.

— ¡Guao! Vaya embrollo, no hubiera querido estar en medio de eso— agrego divertida.

—Bueno, ahora tú, ¿te has enamorado perdidamente de alguien difícil?

Isabela lo pensó unos segundos —Mmmm no, he tenido relaciones tontas, metidas de patas, etcétera, pero nada que sea digno de estar en mi pedestal de “perdidamente enamorada”creo que cuando eso pase, será mi primera vez.

— ¿Crees que esa primera vez llegue pronto?

—No lo creo, quiero creer que sí, pero es tonto fantasear, llegara cuando deba llegar.

—Me he sentido muy bien compartiendo contigo hoy, parece que lo inesperado y lo que no planeas casi siempre es maravilloso, ¿no crees?

—Espero que sí— respondió Isabela, haciendo una expresión de hastió, sonriendo luego —También me he sentido bien aquí contigo.

Hubo entonces silencio, mientras se miraban, Isabela se sentía emocionada, sentía la inminencia de algo hermoso. Sentados uno tan cerca del otro, solo podía propiciar una cosa, aquello que Isabela ya deseaba desde que estaban a orillas del lago. Unir sus labios a los de él y olvidarse del mundo. Veía la mirada intensa de Santi, vio sus labios moverse apenas unos milímetros hacia adelante invitándola a venir también, el momento justo, ambos se acercaron poco a poco. Hubo silencio, hubo oscuridad, solo ellos, como Isabela imaginaba, el mundo empezaba a desaparecer alrededor de ellos. Solo unos milímetros de vacio separaban sus labios de los de él. Entonces el suave jazz de Coltrane cambio, un espantoso ruido de aparato casero se apodero del lugar. Isabela miro hacia arriba y una luz incandescente rápidamente le envolvió, desapareciendo todo al instante, despertando en ese momento.

Al lado de su cama, su madre aspiraba el piso mientras le decía que era hora de levantarse, había mucho que hacer en casa y necesitaba su ayuda. El infernal ruido de la aspiradora le hizo arrugar la cara y ponerse la almohada sobre la cabeza, sacudiéndose con malcriadez. — ¡Dios!— Pensó, Fue lo mejor de mi vida y era un sueño, interrumpido por mi madre en el mejor momento de todos, que crueldad. Con razón esa lluvia de estrellas, ya decía yo que era demasiado hermoso para ser verdad. Bueno, aun queda gran parte del verano para poder ver si tengo la suerte de volver a soñar con Santi.

 

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

Acaso el Génesis…

Dievas

En el principio Dios creó el cielo y la tierra (Génesis 1:1) …

            Fueron siete días, pero los días de 24 horas no existían. No existía criatura alguna que midiera las horas y puede que Dios no se tomara la molestia de medirlas, puede que esos siete días fueron 7 billones de años, puede que más. Especulemos, porque si las escrituras especulan, no creo yo que el especular sea algo que se pueda monopolizar, luego les contaré cuando era yo un profesional de la especulación. Por ahora disertemos sobre ciertas hipótesis, así que quizás en esos tiempos de ausencias humanas, no había horas, días o años, quizás el tiempo no importaba y lo que importa es que ahora somos parte de todo esto (era el plan), lo demás son pendejadas. Quizás Él toco el agua y con movimiento concéntrico sembró una semilla, una célula que tuvo el permiso divino de reproducir sus núcleos y su bioelectricidad, ¿cómo paras un tren de semejante fuerza? Puede que esas células también tuvieron la libertad de hacer lo que les viniera en gana como el hombre. Si había mucho por hacer pues que se hiciera por sí solo, así puso la vida y esta fue abriéndose camino por sí sola, un campo sembrando en un guijarro flotando en el espacio, no sabemos cuál fue el orden, si la luz o los planetas. ¿Importa acaso?

¿Acaso debería haber creado la gravedad luego de haber creado la tierra? Si no, no tendría sentido. Las escrituras suelen ser infantiles y se saltan las leyes naturales. Puede que sea más fácil, necesitar por ejemplo que el gran padre del absoluto tome un día de descanso. No creemos que poseyera músculos que se cansaran o nervios que se inflamaran, y considerase recostarse en una nube para aliviar sus cayos producto del trabajo, sintiendo luego un ególatra placer, como el arquitecto que diseña una gran ciudad. No creemos que se regodeara en su inmensidad, ni en su ira. De ser perfecto, para qué agregarle estos imperfectos artilugios del hombre, así como pensar que en tiempos de la nada había días, horas o años, lo dicho, pendejadas. El abracadabra textual surtió efecto y luego se armó todo esto. Somos muy pequeños aun para comprender estos amores de caos ordenados, pero ya llegara el día, no hay apuros, no creo además que la génesis comience con la luz y la tierra. Creo que la génesis empezó en el sin comienzo de Dios padre antes de que flotara por ahí como las escrituras dicen (una sábana blanca ondeando en la oscuridad, zigzagueando) meditando durante esos mentados eones que pasaron, no había tiempo y el tiempo no es relevante. Así que siete días es divagar y la divagación se viste de especulación como ya se sabe.

¿Acaso el génesis es más a imagen y semejanza del hombre que de Dios? Todo esto lo suponemos, como lo suponen las santas escrituras, que creemos santas porque puede que alguien pensara que así las tomarían más en serio o en cuenta, no creyendo que sean un engaño, porque el hombre tiene lo necesario cuando de regodearse de sus logros se trata, sino más bien pretendiendo que esto estimule a la contemplación, liberando las necesidades espirituales humanas, aunque sea mucho pedir. A ver si luego los inquisidores no nos ven como el leproso del pueblo, exasperándose, auto complacido, sumergido en sus métodos medievales condescendientes, en hoscos lechos de frío concreto, asegurando fervientemente que durante esa creación que se especula fue parecido a un abracadabra, hubo días y Dios necesito un descanso al séptimo.

Miguel Angel Carrera Farias.  Venezuela.

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